ATAQUE ALIENÍGENA

Los extraterrestres estaban preparados para invadir la Tierra. Solo faltaba la orden del general para que se iniciase el ataque, y los soldados que abarrotaban la nave espacial aguardaban expectantes. La espera ya duraba más de veinte minutos. El general permanecía callado, frente a ellos.

“¡Me cruzaré en el camino con muchos cíclopes y lestrigones, pues mi alma está llena de ellos –dijo por fin con vehemencia–, en mi alma llevo también al airado Poseidón y no podré evitar cruzarme con todos ellos, pero no les temeré!”

Los soldados no entendieron nada, pero pensaron que era una arenga previa a la ofensiva y gritaron al unísono, como respuesta, un nervioso, multiforme y adrenalínico grito de guerra. Pero el general no dio tampoco entonces la orden y continuaron otros veinte minutos de pesado silencio.

“Ha ocurrido algo –dijo finalmente, enterneciendo la mirada– y el verdín es lo único importante para mí, ahora. Por mucho que intentase dar la orden de ataque, de mi boca solo saldrían palabras sobre el verdín. Mirad, voy a hacer una prueba, voy a intentarlo para que veáis mi buena fe de general atacante”.

Puso entonces el gesto marcial, grave e importante, del extraterrestre que se siente destinado a grandes momentos en la historia de la colonización interplanetaria y dijo, dirigiéndose con fuerza a todos:

“¡El verdín ama la lluvia pero también ama el sol, lo cual le suele mantener en una situación de insatisfacción constante. Si vive en las zonas lluviosas norteñas, y es verde y vigoroso y lleno de potencial fotosintético, se siente frustrado por la falta constante de luz solar! ¡Los días en que el sol brilla, el verdín norteño se abre por completo, fotosintetiza a raudales, pero no puede disfrutarlo a causa de la ansiedad de saber que pronto terminará lo bueno, que el sol dura allí muy poco! ¡Es una angustia constante y cuando por fin vuelve lo triste y oscuro, consigue soportarlo porque es criatura verde valerosa, pero el dolor que siente entonces es grandísimo, como si le hubiesen arrancado de golpe toda su capacidad de sentir amor! ¡En cambio, en las zonas del sur, tras una copiosa lluvia, el verde verdín nace ya a pleno sol, bañado por esa bendita energía, pero pronto el sol seca la tierra y el verdito malvive en la secura, chupando por las noches el rocío como una lengua deshidratada, sin apenas células clorofílicas, quemado por un sol que termina odiando! ¡Aunque no todo es insatisfacción en la tierra para las verdes plantitas ellas, también hay verdinas afortunadas: las que viven en las zonas cálidas y tienen la alegría del agua de forma constante a su lado! ¡Es el verde de la ribera de los ríos y sobre todo, siendo éste de todos el más afortunado, el que vive en las casas de los humanos perezosos muy poco cortadores del césped y con sistema de riego automático!”

Todos le miraron en silencio.

“¿Veis? Os prometo que he intentado dar la orden de ataque, pero como habéis comprobado, de mi boca solo salen palabras sobre el verdín, y estaréis pensando confundidos que antes hablé de cíclopes y lestrigones. Pues cuando lo hacía, hablaba también de los verdines aunque lo hacía en metáfora”.

Los extraterrestres son como abejitas. No es que tengan rayas amarillas y negras y alitas y aguijón y se den la posición de las flores los unos a los otros mediante bailecillos, hablo de su comportamiento social: tienen las estructuras sociales muy bien cimentadas y estructuradas. Quizá si todo esto hubiese ocurrido en una nave espacial humana se habría producido un sangriento motín, pero los extraterrestres eran disciplinados como animales de panal y seguían siempre a su líder y, llevados de forma natural por su instinto, se pusieron a cantar, llenos de una especie de borrachera alegre extraterrestre, canciones de amor a lo verde.

Mientras tanto, en Valencia, ajeno a todo esto, un taxista esperaba, nervioso, a que una señora terminase de cruzar un paso de cebra. Cuando iba a increparle por su lentitud (porque era un taxista muy increpador de señoras lentas), dijo, sin saber por qué:

“¡Es el cerebro el que se inventa que el azúcar es dulce y maravilloso! ¡Aunque supiese a mierda no lo sabríamos, porque el cerebro, como lo necesita y quiere que se lo suministremos, nos hará creer que el azúcar es lo mas gracioso en sabor del mundo!”

La señora siguió caminando, sin inmutarse, mientras pensaba: “Qué extraño me resulta este señor. Pudiendo haber sido la rama de un árbol o tal vez una operación matemática, ¿por qué elegiría ser taxista?”

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